
Una sufrida estantería va soportando el constante arribar de libros de poemas, antologías, novelas y manuales que guardan miles de consejos para escribir bien. Me queda tanto por aprender...
Y, poco a poco, comienzo a jugar con las letras. No programo lo que voy a escribir ni cómo van a ir componiéndose las frases. Lo realmente importante en esos momentos es dejar la puerta abierta a los sentimientos que porfían por plasmarse en el papel y me dejo sucumbir por ellos.
A veces, queda escrito un sencillo y cálido poema. Otras, vivencias propias o ajenas que hago mías, llegan a emocionarme cuando releo lo que he ido expresando. Y van pasando las horas. La magia de las letras me va envolviendo y poco cuenta el tiempo que transcurre.
Al lado de mi mesa tengo un pequeño balcón con varías de mis plantas preferidas que aguantan mi vigilia. Enfrente, un -todavía- frondoso cinturón verde, me muestra el juego de las hojas de los árboles con la luz de las farolas que, débilmente alumbran el solitario paseo.
Algunos ratos, me dejo seducir por la luna que acude hasta mi pequeño espacio y entonces, salgo a contemplarla. El silencio, la negrura de la noche, la ligera brisa y la sola presencia de vida en los insectos que pululan alrededor de los puntos de luz, convierten el momento en mágico. Las ideas me fluyen, me invaden, y vuelvo ilusionada hacia el papel para darles paso, para darles vida. Y el tiempo pasa silenciosamente, sin apenas darme cuenta.
-¿Has visto la hora que es? - es la frase que muchas madrugadas me hace volver a la realidad.
Mi esposo, me recuerda que soy humana y que necesito X horas para dormir. Me rindo ante la evidencia...
Mañana será otro día.
Maat
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