La Iglesia Católica conmemora hoy el Jueves Santo y coincidiendo con ello, he querido traer hasta mi blog uno de los poemas que recuerdo con más intensidad de mis años de colegiala. Con los años, supe que era uno de los más bellos sonetos de la poesía mística española y que aparece en las principales antologías poéticas en lengua castellana.
Su autoría se ha atribuido a distintos personajes, entre los que se encuentran San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, o el P. Antonio Panes, franciscano de la provincia de Valencia. Pero a día de hoy, no hay pruebas suficientes para poder afirmar categóricamente quién compuso el poema. Si que hay constancia, en cartas que conserva la orden de los franciscanos, que sus misioneros enseñaban este soneto a los indios americanos como una oración cotidiana y que guardaban manuscrita.
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muéveme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera;
pues aunque lo que espero no esperara
lo mismo que te quiero te quisiera.
La imagen que he elegido para esta entrada pertenece a un crucifijo que conservo con mucho cariño. Era de mis padres y, durante 52 años, presidió la cabecera de su cama. Para mí tiene un significado más amplio, pues además de lo que representa, guarda una enseñanza que mi padre me dejó: ser tolerante. Mi madre era creyente y practicante, y su deseo de que ese Cristo presidiera su alcoba fue respetado siempre. Y hay algo más. De niña, mi obsesión era desclavar las imágenes de sus cruces. Lo hice en varias ocasiones con distintos rosarios que había en mi casa. Me trajo algunas regañinas, pero no cejé en mi empeño. Si os fijáis, el Cristo de esta imagen tampoco está clavado en la cruz. Una de las veces que se pintó en mi casa y que ese crucifijo estuvo a mi alcance, los diminutos clavos que lo sujetaban desaparecieron...Mi padre con toda la paciencia del mundo -quizá fue el único que entendió lo que me ocurría- se limitó a sustituir los clavos por pegamento. Y así continúa. En aquella ocasión, también fue tolerante conmigo. Deben ser ya miles los besos que le llevo enviados. Lo hago cada vez que mis ojos se encuentran con este crucifijo que con tanto cariño guardo en mi casa. Una de mis mejores joyas.
Maat