
Tan solo se hubiera conformado con un poco de cariño. Eso hubiese hecho posible otras cosas...Pero su existencia era, desde hacia algún tiempo, una verdadera pesadilla. Llevaba siete años trabajando en esa inmunda cantina al lado de su mal oliente esposo. Sus días transcurrían aguantando ordenes y frases humillantes que le dedicaba el que un día, le prometió amor eterno. Muchos atardeceres, anhelaba desaparecer junto al sol, y perder de vista aquellos rostros de cementerio que iban sucumbiendo con el alcohol que a lo largo del día iban ingiriendo.
Las copas eran malas compañías que desataban las lenguas. Sofia no perdía detalle. Se movía con soltura entre los parroquianos, a pesar del humo del tabaco que envolvía el antro y que le ahogaba. Servía las comandas en su resplandeciente bandeja plateada, que era el único elemento del local que mantenía impoluto.
Un oficial se había fijado en ella y, entre ambos, montaron un buen negocio. Tan solo tenía que escuchar conversaciones y, atendiendo fielmente ciertos parámetros, confeccionar listas. Ese quehacer no iba a durar mucho tiempo. Sólo el justo para "limpiar" los individuos que pudieran causar problemas al nuevo régimen. A cambio, mucho dinero y papeles para abandonar el país con una nueva identidad.
Esa noche, -como otras muchas-al abandonar la cantina, Sofia entregó un bocadillo al harapiento anciano que, en la puerta, hacia sonar con cierta ternura su desgastado violín. Era su contacto. Un guiño le hizo saber que en la envoltura de su cena, iba una nueva lista. La última.
La mujer emprendió el camino de vuelta a casa con una excitación mal disimulada. Por fin, su vida terminaba de ser inútil. Se acababan los insultos, las vejaciones, las palabras soeces, el limpiar vomiteras, los pellizcos furtivos en sus nalgas... A partir de ya, le esperaba una nueva vida, muy lejos de aquel odiado lugar.
En la soledad de la alcoba y, acompañada por el silencio reinante en su destartalada casa, levantó uno de los ladrillos de debajo de su cama -escenario mudo de repulsivos momentos sufridos- donde atesoraba su gran secreto: un buen fajo de billetes fruto de sus listas, a los que acarició emocionada y devolvió sigilosamente al escondite. Mañana serían algunos más y...punto final.
Cuando la echaran de menos, ya estaría volando hacia nuevos y esperanzadores horizontes. Una malvada sonrisa se adueñó de la comisura de sus labios al recordar que, su última lista, iba encabezada por un nombre y apellidos sorpresivos: los de su esposo.
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Maat




















