Eso de hablar desde el corazón en el espacio de una psicóloga, impone. Pero vamos a ello...Soy la pequeña de cuatro hermanos. Cuando nací, los dos mayores tenían 20 y 17 años respectivamente. Chica y chico, por ese orden. La reina de la casa hasta ese día era la tercera, que ya había celebrado su noveno cumpleaños. Según me fueron contando con los años, nadie me esperaba. Pero llegué y formé un buen revuelo en la familia y caí como llovida del cielo. A mi hermana Pilar no le vino muy bien eso de perder protagonismo y se dedicó durante un tiempo a complicarme la vida...Mis tres hermanos eran pelirrojos, de cabellos ensortijados, piel lechosa y ojos claros. Con el sol, sus rostros se cubrían de pecas de todos los tamaños. Yo nací con la tez morena, con un pelo lacio rozando el color azabache y ojos grandes color caramelo.
Inspirándose en esas diferencias físicas mi hermana destronada urdió su maléfico plan. Durante un tiempo, consiguió hacerme creer que yo "no era de esa familia". Que me habían adoptado. Se aseguró-y mucho-de que mantuviera la boca cerrada, pues si se me ocurría contar "nuestro secreto" a los papás, la ira de mi padre-que me adoraba-caería sobre ella...
Todo el tiempo que duró aquel sufrimiento lo soporté en soledad. Recuerdo que cuando nos sentábamos alrededor de la mesa para comer, yo observaba a mis hermanos, buscando el más mínimo atisbo de algún rasgo que me uniera a ellos. Pero nada...Entonces, se me hacia imposible tragar bocado, lo que me proporcionó más de una regañina que aún aumentaba más mi pena. Me esforzaba en ser una "niña buena", para que no se tuvieran que arrepentir de haberme dado cobijo en esa familia y en algún momento, me devolvieran adonde me habían recogido.
Una tarde, mi madre y yo estábamos las dos solas en el salón de mi casa. Ella escuchaba la radio con sus queridas labores de ganchillo entre manos y yo, me dedicaba a mis quehaceres escolares. Me armé de valor y le hice la pregunta que llevaba preparada en mente desde hacia un tiempo:
-Mamá, ¿dónde nací?
Sorprendida, dejó su labor en el cesto rosa que mantenía en sus rodillas y mirándome fijamente comenzó a relatarme la historia más bella que jamás podría haberme llegado a imaginar...
-Tú fuiste la única de los hermanos que nació aquí, en casa. Tenías prisa por salir y no diste apenas tiempo de que llegara la comadrona. Lo pasamos muy mal tú y yo. Viniste con dos vueltas de cordón en el cuello y llegamos a temer por tu vida. Les costó recuperarte, pero cuando arrancaste a llorar, tuvimos la certeza de que eras una niña fuerte y llena de vida. Eras muy grande, y naciste con una linda melena negra que nos entusiasmó. Tus hermanos nacieron pelirrojos, como la abuela del papá, por eso nos llamó tanto la atención el color de tu pelo...
Siguió contándome más detalles en torno a mi nacimiento y unas lágrimas liberadoras acudieron a mis ojos. Ella pensó que me había impresionado por el peligro que corrí al nacer y fui incapaz de contarle lo que llevaba sufrido al respecto, por miedo a que a mi hermana le impusieran algún merecidisimo castigo.
Tampoco le conté a la autora de mi desasosiego la tranquilizadora conversación con mi madre. A partir de ese día, no le consentí que volviera a amedrantarme. Le dije tan convencida que era una mentirosa, que optó por obviar el tema. Y yo, intenté guardarlo allá dentro, bajo siete llaves, porque olvidarlo, borrar de mi mente aquella pesadilla infantil, me era imposible.
Hoy, atendiendo a la invitación de María José, he rescatado esta vivencia del fondo de mi corazón. Estas psicólogas...
Maat
Más relatos en: http://blogdemjmoreno.blogspot.com/
Inspirándose en esas diferencias físicas mi hermana destronada urdió su maléfico plan. Durante un tiempo, consiguió hacerme creer que yo "no era de esa familia". Que me habían adoptado. Se aseguró-y mucho-de que mantuviera la boca cerrada, pues si se me ocurría contar "nuestro secreto" a los papás, la ira de mi padre-que me adoraba-caería sobre ella...
Todo el tiempo que duró aquel sufrimiento lo soporté en soledad. Recuerdo que cuando nos sentábamos alrededor de la mesa para comer, yo observaba a mis hermanos, buscando el más mínimo atisbo de algún rasgo que me uniera a ellos. Pero nada...Entonces, se me hacia imposible tragar bocado, lo que me proporcionó más de una regañina que aún aumentaba más mi pena. Me esforzaba en ser una "niña buena", para que no se tuvieran que arrepentir de haberme dado cobijo en esa familia y en algún momento, me devolvieran adonde me habían recogido.
Una tarde, mi madre y yo estábamos las dos solas en el salón de mi casa. Ella escuchaba la radio con sus queridas labores de ganchillo entre manos y yo, me dedicaba a mis quehaceres escolares. Me armé de valor y le hice la pregunta que llevaba preparada en mente desde hacia un tiempo:
-Mamá, ¿dónde nací?
Sorprendida, dejó su labor en el cesto rosa que mantenía en sus rodillas y mirándome fijamente comenzó a relatarme la historia más bella que jamás podría haberme llegado a imaginar...
-Tú fuiste la única de los hermanos que nació aquí, en casa. Tenías prisa por salir y no diste apenas tiempo de que llegara la comadrona. Lo pasamos muy mal tú y yo. Viniste con dos vueltas de cordón en el cuello y llegamos a temer por tu vida. Les costó recuperarte, pero cuando arrancaste a llorar, tuvimos la certeza de que eras una niña fuerte y llena de vida. Eras muy grande, y naciste con una linda melena negra que nos entusiasmó. Tus hermanos nacieron pelirrojos, como la abuela del papá, por eso nos llamó tanto la atención el color de tu pelo...
Siguió contándome más detalles en torno a mi nacimiento y unas lágrimas liberadoras acudieron a mis ojos. Ella pensó que me había impresionado por el peligro que corrí al nacer y fui incapaz de contarle lo que llevaba sufrido al respecto, por miedo a que a mi hermana le impusieran algún merecidisimo castigo.
Tampoco le conté a la autora de mi desasosiego la tranquilizadora conversación con mi madre. A partir de ese día, no le consentí que volviera a amedrantarme. Le dije tan convencida que era una mentirosa, que optó por obviar el tema. Y yo, intenté guardarlo allá dentro, bajo siete llaves, porque olvidarlo, borrar de mi mente aquella pesadilla infantil, me era imposible.
Hoy, atendiendo a la invitación de María José, he rescatado esta vivencia del fondo de mi corazón. Estas psicólogas...
Maat
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