7 de septiembre de 2011

Una privilegiada

Vicente, el recepcionista del hotel donde siempre que puedo me escapo, no entendía mi insistencia en conseguir una habitación con vistas al mar.

-Pero si viviendo en Valencia puedes ver el mar todo el año, argumentaba

-Ese no es motivo para renunciar a él estos días, faltaría más..., respondí

Al parecer, los de la zona centro que en verano inundan esta playa-y que sea por muchos años- se me habían adelantado. La pantalla del ordenador aparecía repleta de cuadros rojos, lo que significaba ocupación total. Vamos, hasta las banderas. La sangre extremeña que corre por mis venas-tierra de conquistadores- me llevó a algunas estrategias que dieron por resultado el disponer, por fin, de una habitación con vistas al mar en el segundo piso del hotel...¡Lo que vale, cuesta!

Como podéis comprobar en la imagen que acompaño("clic" y la veis en mayor tamaño) la playa por la que me batí el cobre con Vicente es una pura delicia. Su arena es fina y dorada. Sus aguas están tranquilas la mayor parte del día, e incluso algunas noches, la luna se bambolea por su ondulada superficie mientras millares de estrellas titilan de pura envidia allá en las alturas. La temperatura para el baño es ideal y en la orilla, centenares de pececillos te dan la bienvenida. Apenas el sol acaba de desperezarse, los veraneantes más madrugadores pasean a lo largo de la playa disfrutando de los primeros rayos de sol, de la mullida y húmeda arena que han dejado las máquinas limpia-playas y de la agradable brisa que a esa hora acaricia la piel.

Han sido muy pocos días, pero el objetivo principal se ha conseguido. Desconectar, pasear, leer, disfrutar del mar, repasar apuntes, escribir, tumbarse a la bartola, conversar y, sobre todo, no dar un palo al agua (es decir: no ir al super, no guisar, no poner lavadoras, olvidarse del aspirador, no ir contrarreloj...) Eso son vacaciones.

Como buena observadora, una de las distracciones playeras que me llamaba la atención cada mañana la protagonizaba Samuel. Es joven, alto, de pelo ensortijado, dientes muy blancos que contrastan poderosamente con el negro de su piel. Hacia el mediodía aparecía por la playa cargado de bártulos, buscaba un lugar estratégico en la arena y, casi con mimo, iba depositando en ella su mercancía. Esponjosas toallas, vestidos frescos de algodón, blusas desenfadadas, camisas de hombre, incluso inteligentes manteles que repelen las manchas... El salero con el que trata a sus clientas y la paciencia que derrocha mientras estas se prueban una y otra prenda a pie de playa, son de admirar. La complicidad entre ellos es evidente si permaneces un poco de tiempo en el corro que forman ambos alrededor de la mercadería.

-Otro año que nos has dado plantón, Samuel. Seguro que has pasado más de una vez por Madrid y no has venido a visitarnos. Prepárate cuando te vea mi esposo. Tiene guardado un buen tirón de orejas para ti -le espetaba una rubia menuda mientras removía un montón de sufridas perchas tratando de encontrar quien sabe qué...

Samuel, cauteloso, no pierde de vista el paseo que circunda la playa. En cualquier momento, pueden aparecer uniformes azules y tendrá que salir por piernas si no quiere perder su mercancía. La venta ambulante no está permitida en la zona, pero de esos pequeños ingresos sobrevive su añorada familia que, a miles de kilómetros, lo echan de menos.

Y gracias a Samuel, aprendo a valorar un poco más todo lo que la vida me ha ido regalando.

Y para terminar, quiero relataros una experiencia muy triste que aconteció durante mis mini-vacaciones.

Era el segundo día de mi estancia en la playa. A media mañana, estaba inmersa en la lectura de mi libro de turno cuando un ligero bullicio acaparó mi atención. Una lancha zodiac emprendía veloz carrera para rescatar de las calmadas aguas a un hombre que, en pleno baño, enfermó. Ya en la arena, los servicios médicos hicieron lo indecible para recuperarlo, pero todos los intentos fueron en vano. Tapado con la clásica sábana blanca de letras azules de la seguridad social, el cuerpo de ese hombre quedó a merced del tiempo que tardara en llegar el juez de guardia para certificar su muerte y ordenar el levantamiento del cadáver. A corta distancia, la que le permitieron, su hijo presenciaba atónito todos los movimientos. Ambos estaban de vacaciones y alguien aseguró que la tarde anterior fueron de los últimos en abandonar la playa. Sin duda, la estaban disfrutando. Este acontecimiento, ya de por si triste, lo fue mucho más cuando comprobé la sangre fría que demostraron tener las personas que, debajo de sus sombrillas, permanecieron impasibles en sus sillas de playa a escasos metros del fallecido. Inexplicable.

La imagen era espeluznante. La gente que paseaba por la orilla, se detenía ligeramente ante el hombre muerto y sorprendidos, eran invitados a seguir su ruta por los policías locales que se hicieron cargo de la situación. Los jueces de guardia debían de tener-lamentablemente-bastante trabajo esa mañana, a tenor de lo que tardó en llegar el de la zona para cumplir con su misión. Pasado un buen rato, una pareja de la guardia civil fue la encargada de acompañar al difunto y de llevarlo hasta la ambulancia, una vez que el juez lo autorizó.

El contemplar al hijo que, desmadejado, se dirigía en solitario a la torre de apartamentos en los que estaban residiendo esos días me heló la sangre y me hizo recapacitar en lo tremendamente frágiles que somos. En lo importante que es tratar de vivir el momento presente con intensidad, a fin de cuentas, es lo único que importa. En un pis pas, todo termina.

Quizá por eso, la última noche salí al balcón para contemplar y deleitar con calma las vistas desde mi habitación. El cielo estaba exultante de estrellas, el mar llegaba mansamente hasta la orilla con un frágil murmullo, las luces de las torres de apartamentos se reflejaban sobre la bahía mientras danzaban al son de las débiles olas, aún quedaban algunas gaviotas sobrevolando la playa emitiendo extraños sonidos y un sutil vientecillo era portador del inimitable aroma del mar. Y es en esos momentos, cuando necesito dirigirme a ese Dios tan particular que tengo y al que acudo en ocasiones para agradecer las cosas buenas que la vida me pone al paso. Tan solo fueron siete días, pero esa noche, me sentí una privilegiada.

Maat

6 comentarios:

MAJECARMU dijo...

Maat,me alegro muchísimo de volver a tu casa y disfrutar contigo de esas minivacaciones,que has relatado de maravilla.Cada instante es una sorpresa y un milagro,tú has tomado esos instantes y los has eternizado en tus letras.
Mi felicitación por la magia y la claridad que nos dejas,unidas a la preciosa imagen del mar.
Mi abrazo inmenso y mi animo siempre.

Balamgo dijo...

La playa que podemos ver en la fotografía es espectacular.
Deseo que las minis vacaciones que has pasado en ella, recargen pilas para unos meses más.
Debe ser algo endémico lo de la insensibilidad - es una pena - pero es así.
Abrazos.

CAS dijo...

Me quedo con la alegría de saber que disfrutaste tanto con ese tumbarse a la bartola, que es un privilegio que a veces regala la vida.

un beso enorme Maat.

Juan Carlos dijo...

Kiqueta! Pero si es el meu poble!
Si reconozco el lugar, hotel, etc., no menos esas dos historias que cuentas, la de esos vendedores ambulantes que tanto aprecio se ganan, a base de trabajo y encanto y el de esa tragedia, que tantos ignoran.
Me alegro que hayas aprovechado las vacaciones. Pena no haber coincidido.
Un abrazo.

San dijo...

No dice Maat el nombre de esa playa idílica, que bonita se ve, calmadas sus aguas te invitan a adentrarte en ellas.
Un tragico episodio el que presenciaste increible la frialdad a escasos metros del suceso de las personas que allí se encontraban que insensibles, ¿y de a ver sido ellos?
Un abrazo.

Pepe dijo...

La cercanía del mar serena el espíritu.Confieso que el mar me enamora y la serenidad, calidez y calma del Mediterráneo en el Levante español, aún más. Llevo acudiendo a
su encuentro desde hace muchísimos años.
Trabé amistad con un africano que vende su mercancía igual que Samuel. Rebosa su persona amabilidad y simpatía a pesar de que sus condiciones son muy precarias ya que gran parte de sus escasas ganancias, van destinadas a su familia (mujer y tres hijos) que están a miles de kilómetros.
Lamentable la coraza que nos ponemos para que no nos afecten los dramas ajenos como la repentina muerte de esa persona y el desamparo de su hijo.
Un abrazo.